En el mercado inmobiliario, cada vez más inversionistas están comenzando a mirar más allá de los formatos tradicionales de compra de propiedades. En ese contexto, los proyectos agroresidenciales han comenzado a posicionarse como una alternativa que combina inversión, calidad de vida y flexibilidad de uso, tres factores que hoy influyen con fuerza en las decisiones de compra.
Ahora a la cabeza de Inmobiliaria Toscana, Mauricio Lizana ha desarrollado gran parte de su estrategia inmobiliaria precisamente en torno a este tipo de proyectos.
Para él, el valor de una inversión no se explica únicamente por el precio del terreno o por una proyección de rentabilidad, sino por la capacidad del proyecto de responder a nuevas formas de habitar y de invertir que están emergiendo en el mercado.
Desde esta mirada, Lizana aclara “los desarrollos agroresidenciales no se conciben simplemente como subdivisiones de parcelas, sino como proyectos diseñados para integrar naturaleza, planificación territorial y una propuesta de vida más flexible para quienes buscan invertir o residir fuera de los entornos urbanos tradicionales”.
La posibilidad de contar con más espacio, un entorno natural y mayor independencia respecto de las ciudades se ha convertido en un factor relevante para quienes buscan nuevas alternativas habitacionales, “son proyectos alineados son las nuevas formas de vida”, declara.
Una tendencia que gana espacio
En distintos mercados inmobiliarios, el interés por proyectos ubicados fuera de las ciudades ha crecido de forma sostenida durante los últimos años. Factores como el teletrabajo, la búsqueda de mayor contacto con la naturaleza y el interés por activos tangibles han impulsado esta tendencia.
Los proyectos agroresidenciales responden precisamente a ese cambio cultural. Se trata de desarrollos que combinan terrenos amplios, uso habitacional flexible y, en muchos casos, la posibilidad de incorporar actividades agrícolas, recreativas o de segunda vivienda.
Este tipo de proyectos ofrece atributos que hoy son valorados por distintos perfiles de compradores: menor densidad, mayor superficie por lote, entorno natural y la posibilidad de adaptar el terreno a distintos usos a lo largo del tiempo.
Para Lizana, este formato tiene un potencial relevante hacia el futuro, “este tipo de proyectos responden a una transformación más profunda en la manera en que las personas conciben la vivienda y la inversión inmobiliaria”, sostiene.
Inversión flexible
Uno de los principales atractivos de los proyectos agroresidenciales es su versatilidad como activo de inversión. A diferencia de otros formatos inmobiliarios más rígidos, estos terrenos permiten distintos usos dependiendo de las necesidades del propietario.
Algunos inversionistas adquieren parcelas pensando en el desarrollo de una vivienda futura, mientras que otros ven el terreno como una reserva de valor a largo plazo o como un espacio para desarrollar proyectos personales vinculados al turismo rural, la agricultura o la vida en contacto con la naturaleza.
Desde el punto de vista de la inversión, también existe un componente importante asociado a la plusvalía. A medida que determinadas zonas comienzan a consolidarse y mejorar su conectividad, los terrenos pueden aumentar su valor de forma progresiva.
Sin embargo, Lizana sostiene que el éxito de este tipo de proyectos no depende únicamente de la ubicación, sino también de la planificación del desarrollo y de su coherencia con el entorno.
La importancia de diseñar proyectos con visión territorial
Un elemento clave en los desarrollos agroresidenciales que Lizana promueve en su empresa, es la forma en que se planifican. No se trata únicamente de subdividir un terreno, sino de diseñar un proyecto que tenga sentido dentro del territorio en el que se inserta.
Esto implica analizar factores que influyen directamente en la viabilidad del proyecto y en su potencial de valorización futura. Según la visión de Lizana, un proyecto agroresidencial exitoso “debe construirse considerando el contexto completo en el que se desarrolla”.
Esto incluye desde la definición del tamaño de los lotes hasta los accesos, la integración paisajística y la identidad del proyecto.
Cuando estos elementos se planifican correctamente, la plusvalía deja de depender únicamente de la escasez de suelo y comienza a estar asociada al valor real que el proyecto entrega a quienes deciden invertir o vivir allí.
Para Mauricio Lizana, esta tendencia probablemente seguirá creciendo en los próximos años, a medida que más personas comiencen a valorar proyectos que integren naturaleza, planificación territorial y flexibilidad de uso.
En ese sentido, los desarrollos agroresidenciales se están consolidando como un formato que combina inversión y estilo de vida. No solo representan una oportunidad para diversificar el portafolio inmobiliario, sino también una forma de acceder a proyectos que pueden adaptarse a distintas etapas de la vida.







